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Adiós a la cuna

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Llega una edad en que por su desarrollo, madurez y seguridad, es necesario reemplazar la cuna que acompañó al pequeño desde sus primeros meses de vida por una cama que se adapte a sus necesidades de ‘niño grande’.

El cambio de la cuna a la cama es el primer indicio de independencia del niño y constituye un paso importante para él y sus padres. La mayoría de los pequeños está listo para esta transición entre los dos y los tres años, no sólo porque la cuna ya se les hace demasiado pequeña -y la cama, en cambio, les ofrece mayor espacio y posibilidades de desplazamiento- sino también porque a esta edad pueden escalar sobre los barrotes y saltar, con el consiguiente riesgo de accidentes.

“Este paso también depende de la decisión de los padres y de la capacidad del niño para adaptarse a nuevos entornos. En ese sentido, los papás son quienes mejor conocen la personalidad y capacidad de adaptación de sus hijos”, precisa el pediatra y neonatólogo Roberto Balassa.

Si bien el especialista reconoce los beneficios de pasar de la cuna a la cama, recalca la importancia de tomar ciertos resguardos. “La mayor libertad que les brinda la cama debe acompañarse de mucho cuidado y medidas preventivas de seguridad. Así como esa reciente independencia les faculta para alcanzar nuevos logros, también les permite acercarse a objetos peligrosos, líquidos calientes, medicamentos y objetos aguzados que pueden hacerles daño”.

Una cama ideal

En cuanto a las características de la cama, el pediatra recomienda que ésta sea baja para que el pequeño pueda bajarse con facilidad, que tenga bordes redondeados y un colchón bien ajustado a los bordes de la cama, para evitar que se atrape los dedos o las manos. Asimismo, estima conveniente rodearla de piso blando, alfombrado o suave, para que en caso de caídas no exista riesgo de lesiones. “Debe tener un tamaño adecuado para que el menor quepa en ella hasta los 6 ó 7 años, momento en que puede venir un nuevo cambio de ambiente producto del inicio de la etapa escolar”, señala.

El representante en Chile de Mi cuna -fábrica española de muebles infantiles con altos estándares de seguridad- señala que además de ser bajas (entre 29 y 30 cm de altura), es ideal que estas camas tengan laterales altos, no sólo en los costados, sino incluso en la cabecera y en los pies, ya que los niños también pueden caer por estas áreas. A su juicio, las camas-nido resultan igualmente útiles en esta etapa, porque mientras el niño
duerme -al menos en el periodo de adaptación- se puede abrir la cama de abajo, de modo que si cae, lo hará sobre este colchón.

Otra opción son las cunas convertibles, convenientes no sólo en términos del tiempo en que pueden utilizarse, sino también porque el cambio resulta más gradual. En estos casos, se recomienda instalar barandas de seguridad removibles, para impedir golpes y caídas. Pronto, el sistema nervioso infantil y sus funciones de orientación y percepción se adaptarán a este nuevo espacio sin límites.

Tal como en el caso de las cunas, hay que verificar que este mueble esté confeccionado con materiales y pinturas no tóxicas, ya que es común que los niños muerdan todo lo que esté a su alcance, incluyendo el lugar donde duermen, con el consiguiente peligro de atragantamientos e intoxicaciones. El colchón, en tanto, debe ser anti-transpirante, para evitar la proliferación de hongos y ácaros que puedan favorecer la aparición de enfermedades.

Tiempo de adaptación
No todos los menores reaccionan de la misma manera frente a este cambio. Para algunos resultará bastante fácil adaptarse, en tanto que otros resentirán esta modificación y es probable que a medianoche despierten llamando a sus padres o inicien las visitas a la cama matrimonial.

Es importante tener en cuenta que la mayoría de los niños necesita tiempo para asimilar los cambios. Por lo mismo, no es recomendable que este paso coincida con otras experiencias nuevas en su vida, como por ejemplo, el comienzo del jardín, el inicio del control de esfínteres, una enfermedad, un cambio de casa o el nacimiento de un hermanito. Eso, a menos que sea el propio hijo quien lo pida y lo considere un premio o un privilegio derivada de su condición de ‘niño grande’. En cualquier caso, es fundamental que se le presente como un acontecimiento positivo y deseable.

Para favorecer una buena adaptación es esencial hacerlo partícipe del proceso, por ejemplo, llevándolo a la tienda y eligiendo en conjunto la nueva cama (es preferible darle algunas alternativas dentro de una selección previamente efectuada por lo padres), las sábanas o los cojines.

Una vez instalada en casa, y especialmente si hay cierta reticencia del niño, el doctor Balassa recomienda acompañarlo hasta que concilie el sueño al comienzo (lo que no significa dormir con él toda la noche), además de llevarle los juegos, muñecos u objetos que usaba en su cuna para que no la sienta tan ajena. “También puede iniciar este proceso haciendo la siesta en la cama y en la noche durmiendo en la cuna, por algunos días, pero siempre resaltándole los beneficios y la importancia que su cama tiene en su maduración. Es bueno darle señales aprobación y felicitarlo por este cambio importante que está asumiendo”, acota el pediatra.

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