Pataletas: Una dimensión desconocida – PadresOk
Pataletas: Una dimensión desconocida
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Quién no se ha sentido invadido por una emoción de pena o rabia alguna vez? En la pataleta de un niño también surge un sentimiento de rabia, pena o impotencia que lo altera sin saber el motivo. Muchas veces sucede que, posteriormente, cuando está tranquilo y se le pregunta “¿Por qué llorabas y gritabas de esa manera?”, responde “No sé”. Cuando son más grandes, dicen: “Te prometo que no lloraré más por esas cosas”, lo que demuestra que es algo desconocido, que no logran manejar.
El problema de las pataletas en los niños es que el grito, el llanto y, generalmente, el motivo directo que las produce toca una fibra emocional en el adulto que tampoco es fácil de manejar, un sentimiento que, lejos de la compasión y la empatía, se conecta también con la rabia, donde el primer impulso es “zamarrearlo”, o llevarlo a su pieza.
Aun cuando estos impulsos pueden existir, los adultos tienen la opción de reaccionan de distintas maneras. Una es intentar razonar, explicándole los motivos de su frustración, pero esta actitud resulta imposible, ya que es un estado invadido por la irracionalidad. Otra es contenerlo e intentar que se calme, lo que no siempre resulta, ya que la rabia lo hace moverse para soltarse. Otra alternativa es instalarse al lado del niño a esperar que pase la tormenta y cuando se calme, tomarlo y tranquilizarlo.
Para comprender mejor esta situación, es importante considerar que los adultos también tienen pataletas. Sin embargo, la forma de expresión es más compleja. Como tampoco reconoce sus emociones ni sabe como verbalizarlas y, además, como los encuentros son con otros adultos, se van produciendo escaladas de frialdad, distancia y agresividad.
Si bien el fenómeno de la pataleta no es fácil de explicar, hay que entender que a medida que la persona crece, deja atrás impulsos, afectos y emociones de la vida infantil, que de alguna manera quedan “desparramados” en algún lugar. Similar a un río al que se instalan diques para que forme su cauce, pero que deja atrapadas las piedras, palos y hojas que trae en su recorrido. Si se produce una lluvia torrencial o si se mueve alguno de los diques, todo aquello que se fue acumulando se viene encima.
Esto significa que aun cuando en el desarrollo de un ser humano se pueden establecer etapas, el crecimiento no es lineal: hay avances y retrocesos. Una niña de cuatro años se siente grande porque alcanza el interruptor de la luz, pero al poco rato quiere que la acurruquen como si tuviera cuatro meses. Es necesario que los padres puedan acoger estos cambios de estado de los niños: una manera de hacerlo es tomarla como si fuera un bebé y decirle “Oooh…tengo una guagüita de cuatro meses!!” o bien preguntarle, “¿Tengo una hija de cuatro años o de cuatro meses?”. Si este pedido es acogido y contenido, es posible que se “rescate” algo de aquello que se perdió en la primera infancia; algunas ramas que dejó el río.
A veces es bueno que cuando el niño esté tranquilo, pueda hablar sobre qué lo hizo llorar. Si bien es posible que ni siquiera lo sepa, e incluso que responda cualquier cosa, no importa: al verbalizar, al poner su emoción en palabras, el niño puede continuar su camino con más tranquilidad. En los adultos el proceso es más complejo y muchas veces se necesita un tratamiento psicológico para enunciar los vestigios perdidos.
La pataleta de los niños es un misterio y muchas veces no sabemos cómo reaccionar. Lo importante es acoger estos sentimientos y conversarlo. Estos gestos ayudarán a prevenir dificultades en las reacciones y relaciones emocionales de la vida adulta.

   

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