Háblame, háblame mucho – PadresOk
Háblame, háblame mucho
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La cabeza estaba a punto de estallarme. Después de llegar del trabajo, mis tres hijos me saludaban y me preguntaban casi al mismo tiempo cómo estaba, para seguir luego con sus preguntas -más bien peticiones- personales. Eso, sumado al ladrido desesperado de las perras que reclamaban mientras una persona revisaba el medidor del antejardín para tomar el estado del agua, y al aviso de la Señora Tita, recordándome que se había terminado el detergente, terminaron por agotar mi capacidad de escucha. Y juro, por mi vida, que me había propuesto llegar receptiva, calmada y armónica.

Sin tregua, los niños repetían las preguntas que tenían preparadas, tratando de ganar el turno al que apenas hacía una pausa para hablar. ‘¿Puedo hacer una pijamada hoy?’, ‘¿Vamos a comer pizza? Recuerda que los viernes comemos chatarrita?’, ‘Tiré la pelota de fútbol nueva a la construcción de al lado… ¿me vas a retar?’, ‘¿Puedo usar tu compu?’.

Respondí todas y cada una de sus interrogantes, sin alterarme demasiado, entusiasmada con la misión que me había propuesto: una semana sin gritos ni retos, solo conversaciones reflexivas para modificar conductas equívocas. Era viernes y yo estaba a punto de lograrlo, pero Sofía me puso una piedra en el camino.

Fuimos juntas al supermercado y a los cinco segundos de haber subido al auto me dijo: ‘Mamá, ¿puedes comprarme un juguete muy grande?’ Le respondí que no, riéndome y recordándole que como hace solo unas semanas había estado de cumpleaños, su pieza estaba convertida en una juguetería con sobrestock.

Inmediatamente después de mi respuesta me enrostró que ayer le había dicho que algún día le compraría un juguete inmenso en el supermercado y que ese día era justo esa tarde. ‘Te lo juro mamá, es hoy’, me repetía.
Me insistió con ganas y yo habría dado cualquier cosa por ponerme un tapón en los oídos. Estuve a punto de decirle ‘¿pensemos un rato en silencio?’, o ‘¿veamos cuánto rato podemos quedarnos calladitas?’. Pero enseguida el ángel bueno de mi subconciente me llamó a terreno para recordarme la pena que sentí cuando vi la película “Hijos del hombre”, en la que los niños del mundo se habían extinguido y ya nadie recordaba cómo se oían sus preguntas y sus gritos. La gente añoraba escuchar sus voces, aunque fueran todas al mismo tiempo.

Después de eso, ¿cómo podía negarme a escuchar sus súplicas? No le compré lo que me pedía, pero le cedí mis oídos hasta que se olvidó del gran regalo.

   

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