Aprovecharse de los demás: práctica nacional – PadresOk
Aprovecharse de los demás: práctica nacional
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por Lorena Cornejo y Benito Baranda.

“Mientras no me pillen puedo hacerlo y, además yo sé que muchos/as hacen lo mismo”, escuchamos con frecuencia a personas de diferentes ámbitos de la sociedad chilena que afirman esto, y de paso vulneran las propias creencias que dicen profesar, o  contradicen con sus acciones los valores que enuncian y con los cuales juzgan a los demás. Ya sea en la vida privada como en aquella pública, los ejemplos de cada uno de nosotros abundan, todos/as ‘tenemos tejado de vidrio’ y en un momento crítico generalmente pensamos primero en nosotros mismos/as y luego en el prójimo, en el beneficio y seguridad personal y posteriormente en la comunidad que nos rodea. ¿Cómo equilibrar ambos intereses y no causar daño?

El filósofo coreano Byung-Chul Han (2013) profundiza con agudeza lo que experimentamos hoy, haciendo uso de una reflexión de Hardt y Neri que señalan que lo que caracteriza la actual constitución social no es la multitud, sino más bien la soledad. Esa constitución está inmersa en una decadencia general de lo común y lo comunitario. Desaparece la solidaridad. La privatización se impone hasta en el alma. La erosión de lo comunitario hace cada vez menos probable una acción común. El fallecido Zigmunt Bauman habló hasta el cansancio de lo mismo, señaló que hace setenta años, Sigmund Freud atribuyó la infelicidad de las personas civilizadas de su época a que sacrificaban demasiada libertad de elección individual en aras de una mayor seguridad. Por el contrario la infelicidad de las mujeres y los hombres contemporáneos –dice Bauman- se debe a que éstas y éstos han cedido demasiada seguridad a cambio de obtener una cantidad cada vez mayor de libertad, y concluye que la ciudad es el territorio en el que las personas intentan –una y otra vez- alcanzar el equilibrio correcto entre ambos valores (…) Las relaciones humanas son ahora frágiles, transitorias, fáciles de romper” (Barcelona, 2004).

La restitución de los vínculos dignos entre los ciudadanos es un pre-requisito para revertir el bajo compromiso ciudadano, reposicionar el bien común y derrotar la corrupción. De hecho, el germen de la negación del valor de lo colectivo ya se estableció en la sociedad actual desde nuestros propios hogares al exacerbar el individualismo llegando al extremo de aprovecharnos de los demás, inclusive perdiendo dramáticamente con nuestros hijos/as la capacidad psicológica y ética de la ‘empatía’.

Si queremos construir humanidad es inevitable trabajar por una nueva relación entre lo individual y lo colectivo. Un equilibrio virtuoso es posible entre ambos en la medida en que desarrollemos con mayor profundidad el ponernos en el lugar de los demás y actuar desde ese espacio, partiendo inicialmente por nuestras propias familias y barrios, y siguiendo como consecuencia por los lugares donde nos educamos y trabajamos.

 

   

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