Un viaje inesperado – PadresOk
Un viaje inesperado
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Hasta ahora, el cine era un gran desconocido para Mayor. Como nunca le ha gustado la tele y aquello de permanecer
inmóvil por más de 3 minutos le resulta una verdadera agonía, pensé que hacía bien en retrasar esta experiencia. Pero tres años, cuatro meses y veinte días, me parecieron el momento idóneo para vivirla, y más aún si íbamos acompañados de todos sus amiguitos.  Sí, todos. Dos filas y media completamente invadidas por mini-personitas y sus padres. La peli escogida: “El viaje de Arlo”, que en Chile mantiene el nombre más fiel al original: “Un gran dinosaurio” (otro día hablaremos de la extraña costumbre de cambiar los nombres de las pelis de maneras incomprensibles a este lado del mundo).
A la salida de los respectivos colegios, nos fuimos reuniendo para merendar y nos dirigimos al centro comercial. Hacía frío. Había que hacer un poco de fila para comprar las entradas, pero con el lío que montamos en la taquilla, se armó un tumulto de consideración. Los niños estaban emocionados. Los padres, intrigados por lo que podría suceder. Papá llegó justo a tiempo para disuadir y llevarse a Pequeña, mientras los “mayores” se estrenaban
en esto del séptimo arte.

Mayor entró de mi mano. Entregó su ticket. “Mami, ¿a qué huele?” “A palomitas, hijo”(las de maíz, claro). Fuimos al baño. “¿Y dónde veremos la peli, mami?” “Ahora verás”. Entramos a la sala. Última fila. Adaptador de silla. Se sienta. Mira. Me siento. Sigue mirando. “Mamá, ¿y ahora dónde vamos?”, suelta todo ilusionado al ver que los asientos se asemejaban a los de un avión. “A ningún sitio. O bueno, sí…a la prehistoria. ¿Ves eso blanco de ahí delante? Es una tele gigante que cuando apaguen todas las luces se encenderá y aparecerán los dinosaurios”. Mirada cómplice e ilusionada. “Mamá, quiero bocata”. “Mamá, galletas”. Se apaga la luz. Sus ojos se abren como platos.
Nunca imaginé que conseguiría acabar la peli. Hubo movimientos varios, desconcentración a ratos, lágrimas (mías,
evidentemente) y de otra de las amiguitas que resultó ser la sensibilidad personificada.
De pronto se encendieron las luces. Se levantó de su asiento. Le ayudé a ponerse la chaqueta. Estaba “blandito”, sus
piernas como de lana. Le pregunté qué le pasaba y se puso a llorar. “Estoy muy triste,
mama” y nos fundimos en un abrazo. Conseguí calmarlo. Nos despedimos del resto y salimos. Con el aire de la calle no resistió más y se puso a llorar “a moco tendido” en medio de la plaza, con sollozos y pena verdadera. Me asusté. “¿Qué pasa,hijo?” En medio de su desesperación y de la gente que nos rodeaba para ver qué le sucedía al pobre niño, consiguió soltar a gritos entrecortados: “¡Es que me dan mu-cha pe-na los di-no-sau-riooooos!”.
Conclusión, todo un éxito. Mi niño no solo la vio, sino que la vivió, la comprendió y empatizó con los personajes. Mayor ya apunta maneras en esto de la cinefilia y es un gran maestro en el reconocimiento y expresión de emociones. Que siga así.

   

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