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Dar a luz: el gran final

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Las contracciones llegan anunciando que el parto se acerca. La espera está a punto de concluir y la naturaleza hará su último gran esfuerzo para ayudar al niño a salir del vientre materno, mediante una compleja liberación de hormonas que hacen relajar y contraer los músculos del útero.

Para cada mujer, el parto es una experiencia diferente. En las primerizas el trabajo de parto puede prolongarse catorce horas o más, mientras que con los hijos siguientes todo será más rápido.

Lo importante es que se trata de un proceso en que varios sucesos deben ocurrir ordenadamente y donde el dolor no es lo preponderante, sino que ayudar al niño a nacer.

Los médicos lo dividen en tres fases: primero debe dilatarse el cuello del útero, luego sale el niño, y finalmente se expulsa la placenta.

Los signos avisan que ya es hora

Varias “falsas alarmas” de contracciones fuertes, pero aisladas, durante la última semana pueden confundir a la madre especialmente cuando es primeriza. Es probable también que algunos días antes del parto se desprenda el tapón mucoso que cubrió el extremo inferior del útero durante el embarazo para aislarlo de las infecciones. Es normal que aparezca con un poco de sangre.

Sin embargo, el verdadero trabajo de parto comienza cuando las contracciones se presentan con una diferencia de 15 a 20 minutos y no paran, sino que se hacen cada vez más frecuentes e intensas.

Estos movimientos tienen como propósito dilatar el cérvix desde su apertura normal casi milimétrica, hasta que pueda alcanzar unos diez centímetros de diámetro, y así abrir el paso al feto hacia el canal vaginal. Cuando las contracciones se presentan aproximadamente cada cinco minutos, llegó el momento de contactarse con el médico o la matrona y dirigirse a la maternidad.

En la maternidad

En la clínica u hospital se monitorea el latido cardíaco del niño mediante unos sensores que se ponen sobre el abdomen de la madre y puede detectar si hay sufrimiento fetal que requerirá de procedimientos especiales.

En esta etapa se aplica la anestesia epidural a la madre para aliviar el dolor. Este anestésico se inyecta en la zona peridural (región que rodea la médula espinal) introduciendo un aguja fina en área lumbar.

Si aún la membrana de aguas no se ha roto en forma natural, puede hacerlo artificialmente el médico o la matrona cuando sea pertinente.

Cuando la madre ya está lista para dar a luz al bebé, se la traslada al pabellón.

Ya nace

La segunda fase del parto es quizás la más agotadora, pero también la más emocionante. Comienza cuando el cuello del útero está completamente dilatado y la madre comienza a empujar a su hijo hacia fuera.

Primero hay una etapa pasiva, en que la madre debe contener los deseos de pujar, dejando que las contracciones hagan descender la cabeza del niño hasta la vagina y luego debe comenzar a pujar con cada contracción, dando tiempo a que los músculos se distiendan.

El pequeño se desliza a través del canal del parto hasta que asoma parte de la cabeza fuera de la vagina y los tejidos de ésta se estiran provocando dolor y ardor. El médico trata que la madre se relaje y deje de pujar, para que el niño continúe saliendo lentamente sin provocar desgarros. Para evitarlos, la mayoría de los médicos prefieren practicar una episiotomía, que es un pequeño corte con bisturí en la entrada vaginal.

Apenas el niño logra sacar toda su cabeza, el obstetra la gira hacia un costado. De este modo, lo prepara para que salgan los hombros con un par de contracciones siguientes y, finalmente, el cuerpo se desliza con rapidez. Casi como un milagro, el llanto del recién nacido alerta de su presencia en el mundo, como el sonido más dulce e inolvidable a los oídos de su madre.

El dar a luz puede durar entre 15 y 20 minutos, cuando se trata del primer hijo y mucho menos en madres experimentadas. Generalmente, los médicos establecen media hora como plazo máximo. Si el proceso tarda más, se recurre a otros procedimientos, como la cesárea, para evitar complicaciones al niño y a la madre.

Un momento único en la vida

El pequeño cuerpo del recién nacido, aún algo azuloso e hinchado, es examinado por un neonatólogo, quien comprueba que respira y se mueve con normalidad, y en poco menos de un minuto lo entrega a los brazos de su progenitora.

La tendencia actual es que el niño y la madre desarrollen un apego inmediato, por eso, muchos médicos prefieren entregar el recién nacido a ella incluso antes de cortar el cordón umbilical.

Madre e hijo se reconocen e inmediatamente, estrechan su vínculo en un momento de gran ternura, al que también se une el padre si está presente.

Mientras todo esto ocurre, el líquido amniótico escurre al exterior del vientre materno. Ahora comienza la última etapa, con contracciones mucho más leves que terminarán expulsando la placenta.

El médico puede acelerar el proceso mediante una inyección que estimula las contracciones y ayuda a que la placenta se desprenda del útero. Además, reduce el riesgo de una hemorragia.

Los vasos sanguíneos que unían el endometrio con la placenta se desprenden. Al instante, el útero pone en marcha un mecanismo protector, que lo hace contraerse a tal punto que comprime esos vasos sanguíneos, para que no sangren.

Si una parte de la placenta quedara dentro, se produciría una hemorragia. Por eso, el médico la examina cuidadosamente una vez afuera para verificar que esté completa.

El dolor y el cansancio han pasado a segundo plano, solo prima el sentimiento de fascinación de ese pequeño y perfecto ser en brazos de la madre.

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