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Niños sin pelos en la lengua

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“¡Lela, lela, muéstrale a mi papá que te puedes sacar los dientes”! gritó Camila, de cuatro años, asombrada aún por el gran descubrimiento que había hecho minutos atrás, mientras espiaba a su abuela por la ventanilla del baño. La afectada, totalmente avergonzada frente a su yerno y a una decena de invitados en su casa, no sabía si reírse o llorar.

Es que los niños definitivamente no cuentan con filtro social y quien tenga o haya tenido hijos pequeños puede dar prueba de eso. “Suelen ser muy espontáneos y al no tener “vergüenza” no ven malas intenciones en decir lo que piensan. Somos los adultos los que nos avergonzamos”, explica la psicóloga infantil Carolina Leyton.

Ataques de espontaneidad

Cuando a los niños les vienen estos verdaderos ataques de espontaneidad, no están pensando en hacer daño o incomodar a los demás, sean éstos sus propios padres, algún familiar o un desconocido cualquiera.

“Mi hermano había llevado a su polola por primera vez a la casa de mis papás, para que cenáramos todos juntos. O sea era la presentación oficial. Ella, la Celeste, es súper delgada, a diferencia de las mujeres de familia que somos todas “curvilíneas”, por decirlo de alguna forma. Entonces, yo creo que eso le llamó la atención a la Sofía, mi hija de tres años, porque la miró y me dijo “¡mira mamá, ella no tiene pechugas!”. Y yo, en voz baja, sólo atiné a responderle “sí, sí tiene hija, pero poquito…”.

Cualquier persona o situación diferente les llama la atención y su incesante curiosidad los lleva a emitir juicios o a preguntar abiertamente a sus padres, sin siquiera sospechar que pueden complicar o herir susceptibilidades ajenas.

“Meter la pata”

“Yo trabajaba en ese tiempo para una empresa familiar y mi jefe era un hombre súper capaz. Pero había un detalle del que debería haber advertido a mis hijos de 3 y 4 años antes de que me fueran a ver a la oficina: mi jefe era enano. Ellos pasaron a buscarme un día y cuando lo vieron, no encontraron nada mejor que invitarlo a jugar al patio. Por suerte, él se lo tomó con humor, pero yo no hallaba dónde meterme”.

Los defectos físicos y las diferentes anatomías son caldo de cultivo para las indiscreciones infantiles. Aquí caben las alusiones a calvos, gordos, personas muy bajas o muy grandes, narices u orejas prominentes, entre otras. Y aunque se trate de episodios poco gratos, debe saber que sus “planchas” no han sido en vano. “La vergüenza social se desarrolla justamente con las reacciones y conductas de los padres u otros adultos frente a estas situaciones”, explica Carolina Leyton.

La reacción de los padres

Poco a poco, los niños se van percatando que no pueden decir todo lo que piensan o sienten, en cualquier parte ni en cualquier momento, especialmente cuando pueden herir o molestar a los demás.

En este sentido, en vez de prohibir o rechazar sus inquietudes, Carolina Leyton estima recomendable enseñar a los hijos que existe un tiempo y un lugar para expresar sus opiniones, curiosidades o dudas.

“Los padres deberían reaccionar de la manera más natural posible, explicando de manera muy general que eso no se dice o hace en ese momento. Después se les debe contar que la otra persona podría sentirse mal con el comentario que se hizo”, precisa.

Sin traspasar la vergüenza

Aunque la primera reacción paterna es molestarse o enojarse, no es aconsejable transmitir estos sentimientos negativos al niño. A los tres, cuatro o cinco años, él no tiene por qué estar al tanto de los
códigos sociales de los adultos.

“Los padres deben tratar de no avergonzarlos, retándolos o castigándolos, porque los niños no van a entender bien por qué se los castiga o qué tiene de malo el comentario que hizo”, acota la psicóloga.

Y advierte que un mal manejo de estos comportamientos propios de la infancia podría generar en el niño “conductas represivas y pasivas frente a situaciones posteriores, en las que sí es necesario que diga lo que no le parece bien”.

La psicóloga recomienda enfrentar estas situaciones embarazosas con una buena cuota de humor y un manejo criterioso de parte de los padres.

Fuente: Artículo publicado en Revista PadresOk, Junio 2004.

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