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Los miedos infantiles

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Las sombras, los ruidos, la oscuridad… Estos son los más típicos miedos infantiles. De ellos se culpa a la imaginación infantil, aunque los padres y la televisión también hacen su aporte.

El miedo es un sentimiento con el que de alguna manera se nace, pero que principalmente se desarrolla con la experiencia. La sicóloga infantil Isidora Mena explica que existen niños con una agudeza sensorial innata, que están más predispuestos a experimentar miedos a medida que se involucran con las cosas de la vida que no alcanzan a comprender. “Tienen una sensibilidad mayor a los estímulos ambientales y tienden a ser más miedosos. Si a eso se agrega una imaginación agudizada, lo que tiene que ver con la inteligencia, es normal entonces que imaginen cosas que les hacen sentir temor”.

Sólo un seis por ciento de los menores sufre de un pavor serio que se manifiesta con un despertar abrupto en medio de la noche, con llantos y gritos incluidos.

Las pesadillas, en cambio, son mucho más frecuentes y por lo general se desencadenan por un hecho desagradable ocurrido recientemente. El problema se soluciona conversando para disipar esos temores. No es bueno permitirle dormir con sus padres, porque a la larga comenzará a utilizar el recurso de “estoy asustado” para cambiarse de cama por cualquier otro motivo. Lo que si es recomendable es acompañarlo en su habitación cuando ha tenido una pesadilla o el temor no lo deja conciliar el sueño.

Las edades del miedo

Entre los tres y los cuatro años, y cerca de los ocho y nueve afloran los miedos. “Estas edades tienen que ver con el desarrollo de ciertos niveles del pensamiento que no coinciden con la maduración afectiva y permiten imaginar cosas que no están pasando”, señala la especialista.

Un niño de cuatro años puede comprender qué es la muerte, pero es imposible que tenga una maduración afectiva con respecto a ese tema, surgiendo así el temor.

No todos los miedos son nocturnos, los hay de otras clases: a salir solo, a los lugares con mucha gente o a algunos animales. No obstante, estas situaciones comienzan a ser problemáticas cuando entorpecen la vida normal de un niño, como por ejemplo, no atreverse a ir a la casa de un amigo o no ser capaz de estar en un lugar sin la presencia de un adulto.

Los padres pueden transmitir, sin querer, temor. Aquellos que son muy hipocondríacos y asustadizos traspasan esas preocupaciones a sus hijos, dice la psicóloga. Actitudes que inhiben la autonomía de los menores, los hacen inseguros y a la larga les impiden tomar sus propias decisiones.

Experiencia y televisión

Hay ocasiones en que los temores se desatan por alguna experiencia traumática. “Recuerdo el caso de un niño que se perdió justo en la etapa en que se agudizan los temores. Esto condicionó todos los momentos parecidos a aquella experiencia que tenía que ver con los tumultos”, relata la psicóloga.

Las películas de terror que se exhiben en la televisión también hacen lo suyo aunque hay que reconocer que éstas a los niños les encantan porque de alguna manera la emoción del miedo les resulta muy entretenida. De todas formas, se aconseja evitar que ellos las vean, más aún en horario nocturno.

Fuente: Isidora Mena, psicóloga UC.

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