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Motiva siempre sus ganas de aprender

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La motivación es una poderosa herramienta en la crianza de los niños. A través de ella es posible generar y potenciar conductas positivas y saludables, desarrollar una mejor comunicación entre padres e hijos y favorecer una adecuada autoestima en los pequeños.

La motivación es un sentimiento o impulso que estimula a realizar una acción, dirigida hacia un objetivo determinado, según explica la sicóloga Mónica Rademacher. En ese contexto, motivar sería mover, conducir o impulsar a un niño a hacer algo.

La especialista explica que existen dos tipos de motivación. La extrínseca, aquella que requiere de una recompensa externa concreta, como un niño que estudia para obtener una buena nota solo porque le darán un premio. O bien, uno que no miente por temor a que sus padres se enojen con él.

La motivación intrínseca, en cambio, es aquella que no requiere de estímulos externos concretos para movilizar a la persona a hacer algo. Es, por ejemplo, cuando el niño estudia porque disfruta sentirse un buen alumno y desarrollar su inteligencia. Es decir, ha incorporado un significado personal interno que lo motiva. O cuando el pequeño ya no miente porque al hacerlo, es él quien se siente mal.

“Ambos tipos de motivaciones son importantes, la extrínseca por lo general es la primera que los padres utilizan para guiar a sus hijos a desarrollar determinadas conductas cuando son pequeños, pero a medida que los niños van creciendo muchos de los motivadores extrínsecos pasan a ser intrínsecos”, sostiene la sicóloga.

La motivación es una poderosa herramienta en la crianza de los niños. A través de ella es posible generar y potenciar conductas positivas y saludables, desarrollar una mejor comunicación entre padres e hijos y favorecer una adecuada autoestima en los pequeños.

La motivación es un sentimiento o impulso que estimula a realizar una acción, dirigida hacia un objetivo determinado, según explica la sicóloga Mónica Rademacher. En ese contexto, motivar sería mover, conducir o impulsar a un niño a hacer algo.

La especialista explica que existen dos tipos de motivación. La extrínseca, aquella que requiere de una recompensa externa concreta, como un niño que estudia para obtener una buena nota solo porque le darán un premio. O bien, uno que no miente por temor a que sus padres se enojen con él.

La motivación intrínseca, en cambio, es aquella que no requiere de estímulos externos concretos para movilizar a la persona a hacer algo. Es, por ejemplo, cuando el niño estudia porque disfruta sentirse un buen alumno y desarrollar su inteligencia. Es decir, ha incorporado un significado personal interno que lo motiva. O cuando el pequeño ya no miente porque al hacerlo, es él quien se siente mal.

“Ambos tipos de motivaciones son importantes, la extrínseca por lo general es la primera que los padres utilizan para guiar a sus hijos a desarrollar determinadas conductas cuando son pequeños, pero a medida que los niños van creciendo muchos de los motivadores extrínsecos pasan a ser intrínsecos”, sostiene la sicóloga.

Motivar es educar

La motivación puede ser promovida en cualquier contexto, aprovechando toda instancia y en cualquier ámbito: familiar, escolar, social y deportivo. Eso sí, para ser efectiva debe ser parte de un estilo de vida y una constante en el tiempo. “Es un medio muy importante para el desarrollo personal de los niños, pues no solo permite el logro de ciertos resultados -sacarse buenas notas, hacer su pieza- sino que también el incorporar valores, como ser buen compañero, hermano, hijo o amigo”, menciona la especialista.

Como resultado, los niños se vuelven más seguros de sí mismos, al sentir que son capaces de lograr lo que se proponen; más autónomos, porque pueden auto-motivarse cuando han incorporado motivadores intrínsecos y se genera un estilo comunicacional a nivel familiar, basado en el respeto mutuo y cooperación.

Cuando, en cambio, no se utiliza la motivación como herramienta de crianza, se hace mucho más difícil obtener de los hijos las respuestas o comportamientos que se les desea enseñar. “Puede generar en los padres la sensación de desaliento y frustración al ver que los objetivos propuestos en la crianza no dan los resultados esperados o requieren de su constante presencia para lograrlos. Por ejemplo, no consiguen que el menor estudie solo, sino que siempre tienen que estar controlándolos”, dice Mónica Rademacher.

¡Ganas de aprender!

Los niños están naturalmente motivados a aprender cuando son pequeños. La lucha de un bebé por alcanzar un juguete, aprender a caminar o comer sin ayuda son ejemplos de motivación hacia el aprendizaje, condición que luego es aplicada a actividades relacionadas con el colegio, como la lectura y la escritura.
En este ámbito, la motivación es lo que hace a los niños ponerse metas, creer que son capaces de lograrlas y perseverar a pesar de las dificultades.

Cuando no están interesados por aprender, por lo general, es porque algo ha intervenido en su motivación natural. A veces creen que no pueden realizar adecuadamente las tareas escolares y dejan de intentarlo porque no sienten que las cosas vayan a mejorar, se frustran y se dan por vencidos cuando el aprender se torna difícil.

¿Cómo desarrollar la motivación?

– Realicen juntos actividades familiares que motiven el aprendizaje, como visitas a bibliotecas, museos o parques.
– Hazle saber a tu hijos que crees que el aprendizaje es importante y que es el propósito principal de ir al colegio.
– Bríndale oportunidades para el éxito; los niños que se sienten exitosos están más propensos a aprender cosas nuevas.
– Convérsales sobre sus propios intereses y gustos, y ayúdelos a identificar las cosas con que ellos disfrutan y hacen bien.
– Hablen sobre el colegio y muestra interés en sus actividades escolares. Asegúrate que sabe lo que esperas de él y que tendrá tu reconocimiento si se esfuerza en conseguirlo.

Artículo publicado en Revista PadresOK

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