Durante el primer año: ¿Qué deben ser capaces de hacer? – PadresOk

Durante el primer año: ¿Qué deben ser capaces de hacer?

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Los avances logrados por un bebé durante su primer año de vida -desde aprender a sostener su cabeza, sonreír o decir sus primeras palabras, hasta mantenerse de pie por sí mismo- constituyen lo que se conoce como hitos del desarrollo infantil y tienen una secuencia preestablecida.

Aunque en este proceso de adquisición de habilidades los niños pueden mostrar diferencias individuales, existen parámetros para determinar cuándo se está frente a un retraso significativo en el desarrollo psicomotor. Por lo general, son los propios pediatras quienes lo detectan, pero como recomienda Karin Kleinsteuber, neuróloga pediátrica y de adolescentes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, “los padres deben estar atentos y conocer algunos de los hitos del desarrollo y la edad en que éstos se adquieren, para consultar cuando no se estén produciendo en los tiempos correspondientes”, advierte.

Causas de retraso

Existen variadas causas que pueden explicar un retraso en el desarrollo psicomotor. Para abordarlas, los especialistas suelen dividirlas en prenatales, perinatales y postnatales.

Entre las primeras, están las enfermedades congénitas o genéticas, como el síndrome de Down, por ejemplo. También se encuentran alteraciones derivadas de la ingestión de alcohol, drogas o tóxicos en el embarazo o infecciones maternas durante este período. Asimismo, las causas perinatales comprenden aquellos eventos que ocurren con relación al parto -como la asfixia- y las postnatales incluyen problemas como infecciones, meningitis neonatales y accidentes, como golpes, caídas o inmersión del niño.

El tratamiento y su efectividad dependerán del origen del retraso del desarrollo y de la precocidad del diagnóstico. “Si las causas son permanentes -como las genéticas- el diagnóstico precoz permite un manejo oportuno de eventuales complicaciones y el inicio de un plan de estimulación temprana”, sostiene Claudia Castiglioni, neuróloga pediátrica y de adolescentes de Clínica Las Condes. En otros casos, asegura -y siempre dependiendo del origen- un tratamiento oportuno puede incluso revertir o frenar un retraso futuro.

Por su parte, Karin Kleinsteuber señala que tras diagnosticar el retraso y encontrar la causa del problema, el tratamiento tiene dos componentes. “Uno es el tratamiento del origen del retraso del desarrollo -que a veces es tratable y otras veces no- y el otro es un tratamiento de estimulación del desarrollo psicomotor. Esto teniendo en cuenta que el cerebro experimenta un crecimiento más precoz y acelerado en los primeros cinco años de vida y que si se estimulan ciertas zonas para que suplan funciones de otras áreas, el retraso del desarrollo puede mejorar”, afirma.

Signos de alerta

Al primer mes de vida: Que el niño esté irritable y esa irritabilidad sea persistente, que no sea capaz de consolarse en los brazos de la madre y tenga dificultad para alimentarse, que no fije la mirada o no reaccione con los ruidos. “Desde que nace, el niño es capaz de seguir con los ojos a una persona en movimiento, de sobresaltarse, es decir, de reaccionar con los ruidos y de responder a un estímulo auditivo. A las dos semanas ya debería fijar la mirada en el rostro de la madre”, precisa Karen Kleinsteuber.

A los dos meses: Que continúe irritable, que tenga un sobresalto exagerado ante los ruidos, que mantenga las manos empuñadas con el pulgar metido entre los dedos y que no manifieste sonrisa social.

A los tres meses: Que aún no sonría en respuesta a su madre u otro, que no siga un objeto o persona con la mirada, que no responda a los sonidos, no sostenga la cabeza (la mayoría lo hace ya a los tres meses), que no sea capaz de tomar objetos con sus manos o que presente asimetría en el uso de ellas.

A los cuatro meses: Que tenga una pasividad excesiva o sea demasiado tranquilo. Que siga manteniendo la mano cerrada y que no emita risa sonora (a carcajadas).

A los seis meses: Que no vuelva la cabeza o la mirada hacia voces o sonidos, que no logre tomar objetos, que no cambie de posición al estar acostado, que no pueda sentarse por lo menos afirmado con sus manos y que no emita sonidos.

A los ocho meses: Que no logre mantenerse sentado sin apoyo de cojines u otros; que no sea capaz de desplazarse de alguna manera, ya sea arrastrándose o moviéndose.

A los nueve meses: Que no tenga la capacidad de tomar objetos con el dedo índice y el pulgar (la ‘pinza fina’); que no emita ningún tipo de disílabos, como da-da o ta-ta.

A los diez meses: Que no pueda mantenerse de pie mientras se le sostiene, es decir, que no descargue su peso en las extremidades inferiores.

A los doce meses: Que no sea capaz de pararse afirmado (suelen tomarse de los barrotes de la cuna o corral), que no diga dos o más palabras o no entienda órdenes sencillas, por ejemplo, “dame”. Es importante que comprenda la palabra misma y no el gesto.

Fuente: artículo publicado en revista PadresOK, diciembre de 2004.

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